miércoles, 29 de octubre de 2014

Carmen - Martín Miguel de Güemes


La lírica o género lírico es un género literario en el que el autor transmite sentimientos, emociones o sensaciones respecto a una persona u objeto de inspiración. La expresión habitual del género lírico es el poema.
El origen del género lírico se remonta a los tiempos de la antigua Grecia, es una de las manifestaciones artísticas más antiguas de la humanidad. En esos tiempos, los miembros de la aristocracia Griega, se reunían con los grandes pensadores y artistas de la época, quienes eran deleitados con las expresiones artísticas predominantes, las ideas y los pensamientos tomaron forma de palabra, siendo expresados con el acompañamiento de la “Lira” instrumento favorito de los Griegos

Este es un poema de Martín Miguel de Güemes que he separado en silabas y marcado las rimas. Espero que les guste. También les voy a dejar un audio libro mio del poema. 
En el poema se presentan varios hechos no lineales de la vida de Carmen Punch. Que fue una patricia argentina hermana de Dionisio Punch, dos veces gobernador de Salta, y esposa de Martín Miguel de Güemes.
  

martes, 30 de septiembre de 2014

¿Qué gana y qué pierde una novela cuya historia es llevada al cine?




Hola a todos. Hoy voy a dar las diferencias de la novela "El inventor de juegos" y la película del mismo nombre.
Sinceramente la película  y el libro no es que me llamen mucho la atención, me ha gustado mas el libro que la película pero aun así no me ha gustado mucho.


Bueno espesemos.
Por lo general las películas basadas en libros o novelas no siguen a la perfección la historia del libro, como es en el caso de Harry Potter o Hunger Games, otra cosa que se pierde es la forma que tenemos de ver a un personaje, capaz nos imaginamos a una niña pequeña, rubia, de pelo lacio y pálida y en la película termina siendo una adolescente morocha mas alta de lo que pensamos que iba a ser. Es cierto que algunas películas intentan mostrar la historia de una manera mas simple y resumida de como lo haría un libro, pero si no se hace adecuadamente se pierde la esencia de los personajes.
Por el lado bueno, la película, si es buena, gana mas admiradores y por lo que sigue mas plata a los actores, el director, el autor, el distribuidor, el productor y todo su equipo.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Producción escrita a partir del cuento “El corazón delator”.

Días de un loco


Estábamos con Fernández y Martínez en la casa del sospechoso, tocamos la puerta y nos abrió un hombre que adecuada y amablemente nos invitó a pasar, revisamos toda la casa y nada estaba fuera de lugar, todo estaba demasiado ordenado como para ser la casa del viejo Torres, y no había rastro de él, pero no se  había registrado que haya salido esa noche. Llegamos a la habitación del viejo y el sospechoso nos invitó a sentarnos hablamos durante un tiempo y mis sospechas hacia él se desvanecían, hasta que el sospechoso se puso un poco pálido, se le notaba nervioso, asustado, confundido. Seguimos hablando, el con una voz más alta de lo normal, como si deseara decirnos algo, pero nose que, me acuerdo en un momento que se paró y empezó a gritar, se la pasaba dando pasos fuertes, se enojaba con cada observación que alguno de nosotros hacía, estaba muy nervioso, terriblemente nervioso, al punto de parecer loco, en un momento exploto en un aullido de furia diciendo:
-      ¡Basta ya de fingir, malvados! ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!
Con Fernández levantamos esos tablones mientras Martínez sostenía al sospechoso, vimos el corazón e inmediatamente llevamos al sospechoso a la cárcel.


Allí el asesino parecía más tranquilo que en la casa de Torres, sigue siendo el más loco que he visto, pero para el no, no era loco, era nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso, repetía esto todos los días. Si no hay mayor señal de locura que la de no aceptarla nose que podría mostrar que realmente es un loco y no un nervioso. 

"El corazón delator" - Edgar Allan Poe

El corazón delator

Edgar Allan Poe

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
FIN

biografía del autor

Edgar Allan Poe fue un escritorpoetacrítico y periodista romántico estadounidense, nacido el 19 de enero de 1809. Fue bautizado como Edgar Poe en BostonMassachusetts, y sus padres murieron cuando era niño. Fue recogido por un matrimonio adinerado de RichmondVirginia, Frances y John Allan, aunque nunca fue adoptado oficialmente. Contrajo matrimonio con su prima el Virginia Clemm.
Murió el 7 de octubre de 1849, en la ciudad de Baltimore, cuando contaba apenas cuarenta años de edad. La causa exacta de su muerte nunca se supo pero se cree que fue por alcohol, a congestión cerebral, cóleradrogasfallo cardíacorabiasuicidio,tuberculosis y otras causas. http://es.wikipedia.org/wiki/Edgar_Allan_Poe (biografía completa)

miércoles, 20 de agosto de 2014

Diferencias y Semejanzas del Cuento y la Novela


Una novela y un cuento tienen muchas diferencias por ejemplo; que la novela es más extensa y el cuento es más breve y muchas semejanzas como de que ambas son narraciones.
Una de esas diferencias seria que un cuento trata solo un asunto como es en el caso de “Juego para Tahúres” de Rodolfo Walsh es el asesinato. En cambio la novela puede tratar vario asuntos en sus diferentes capítulos o uno solo pero contando todos los detalles posibles como seria en el caso “El inventor de juegos” de Pablo de Santi. Otra seria que los diálogos en una novela dan a conocer a los personajes en cambio en el cuento están subordinados a la trama del acontecimiento principal y no es un mecanismo independiente. Otra diferencia es que la longitud de una novela permite al lector seguir matrimonios, vidas enteras e incluso guerras, de principio a finen cambio el cuento se centra por completo en un solo evento importante.
Las semejanzas podrían ser que ambas siempre tendrán un solo personaje principal, también ambas pueden ser interpretadas de diferentes maneras dependiendo del lugar tiempo y persona que lo esté leyendo

Si bien la novela se estructura también como el cuento en un inicio, un desarrollo y un desenlace, estas tres partes suelen tener una extensión aproximadamente igual en la novela, mientras que en el cuento existe una dominación de un solo nudo o núcleo alrededor del cual gira la historia. Como ocurre en el caso de la novela “El inventor de juegos” de Pablo de Santis o el cuento “Juego para Tahúres” de Rodolfo Walsh

miércoles, 13 de agosto de 2014

"Ante la ley" - Franz Kafka

Ante la leyFranz Kafka

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.
FIN

Este, aunque no parezca, es un cuento fantástico ya que el escritor presenta al campesino como alguien que pasa toda su vida esperando pasar hasta el punto en que se volvió viejo y gris sin hacer nada mas que observar al guardia 

Franz Kafka fue un escritor de origen judío nacido en Bohemia que escribió en alemán. Sus obra están consideradas como una de las más influyentes de la literatura universal. Nació el 3 de Julio de 1883 en Praga y murió el 3 de Junio al los 40 años en Kierling 

Cursó sus estudios primarios entre 1889 y 1893, en la Deutsche Knabenschule, actualmente Masa Única
Comenzó a estudiar Química en la Universidad de Praga, pero solo aguantó dos semanas. A continuación, probó también en Historia del Arte y Filología alemana, pero finalmente, y obligado por su padre, estudió Derecho.
Al terminar la carrera de Derecho en 1906 realizó un año de servicio obligatorio en los tribunales civiles y penales, con funciones administrativas. Tras ello, ingresó como pasante, también sin retribución, en una agencia italiana de seguros de accidentes laborales; fue entonces cuando comenzó a escribir. 
En 1912 Kafka tomó conciencia de ser escritor. Escribió en ocho horas Das Urteil (El juicio) y a finales de noviembre de 1912 terminó su obra Contemplación tambien a escrito cuentos tales como Ser infeliz o Un golpe a la puerta del Cortijo.

"El inventor de juegos" - Pablo de Santis

Capitulo: Nicolás Dragó

Cuando el tren se detuvo en la estación de Zyl, Iván observó que el viento se había encargado de abreviar el nombre de la ciudad: al cartel solo le quedaba la letra Z, en la estación solo había una oficina de correos  que parecía cerrada, un reloj de hierro detenido para siempre en las nueve y cuarto, y cinco grandes cubos de cemento pintados como dados, que servían como bancos.
Su abuelo lo esperaba en el andén. Un paraguas amarillo lo protegía de la llovizna. Nicolás Dragó con sus anteojos de cristales redondos hasta que estuvo seguro de que era su nieto. Es Entonces se acercó a abrazarlo. Era evidente que no tenía práctica en abrazos, porque sus gestos eran ligeramente exagerados, como si copiara una escena vista en una película.
                - Bienvenido. –Miro con tristeza la guía que Iván sostenía en la mano-.Nunca les creas a las guías. Saben mucho del espacio y poco del tiempo.
Iván y su abuelo avanzaron por una avenida desierta. El polvo había sepultado las rayuelas que decoraban el piso, pero ahora la llovizna hacia reaparecer con  timidez un número siete y algún resto de amarillo. Las casas antes pintadas de colores brillantes, lucían desteñidas y abandonadas.
                -¿Nadie vive aquí?  -Pregunto Iván.
                -La gente aparece de a poco. Esta zona es una de las más despobladas, pero ya verás que no todo está tan falto de vida.
                -Es cierto  –Dijo Iván y saludo con la mano a un chico que levantaba la suya. Un poco más lejos había una mujer con una bolsa del mercado.  Iván espero a que el chico bajara la mano y que la mujer siguiera caminando, pero los dos quedaron inmóviles.
                -¿A dónde vas?                 Mi casa es por aquí. –trato de distraerlo su abuelo. Pero Iván ya corría hacia las dos figuras, que no tenían apuro por alejarse. Eran siluetas de madera pintada. La lluvia de los últimos años casi les había borrado los rasgos de la cara
                Su abuelo le explico:
                -Las hicimos hace mucho tiempo, para los pasajeros del tren. No queríamos que vieran el pueblo vacío. Teníamos  unos cuantos: un policía, un granjero, una mujer que paseaba un perro. Había una chica con paraguas, para mostrar en los días de lluvia, los cambiábamos de lugar cada vez que llegaba el tren, para que los pasajeros no se dieran cuenta del truco. Pero al final nos cansamos y los dejamos ahí. La mayoría se estropeó. Estos dos son los últimos que siguen en pie.

La casa de Nicolás Dragó era como el cuarto de un niño que se hubiera expandido por corredores,  salones y escaleras. En muchos años nadie había puesto orden, y el suelo estaba lleno de astillas de madera, pinceles que ya no servían y tubos de pintura vacíos.
El abuelo aparto de la mesa  las piezas de un rompecabezas que estaba pintado y estiro un mantel a cuadros generoso en manchas y remiendos. Luego llevó a la mesa una botella de vino, otra de agua y una fuente con tallarines.
-Voy a decirte la verdad: al principio trate de que tu tía no te enviara hacia aquí. Me parecía que en la capital ibas a estar mucho mejor. No quería que te contagiaras del desaliento que se respira en Zyl. Pero en su última carta, además de hablarme de cierta Búsqueda del tesoro que termino en catástrofe…
-No pensaba que el colegio se iba a hundir… -Se apuró a decir Iván.
-No es eso lo que me importa. Tu tía me dijo que una vez , hace varios años, enviaste un juego por correo. Y que recibiste una respuesta.
Iván abrió su mano derecha.
-Esta es la respuesta. Pero no fui el único seleccionado. Hubo otros diez mil…
Nicolás había tomado la mano de su nieto entre las suyas y miraba el dibujo con temor, como si fuera la marca de una enfermedad mental.
-No. No hubo otros seleccionados. Eran el único. Si yo hubiera sabido antes lo del concurso…¿Cómo era tu juego?
Iván lo explico tan detalladamente como lo recordaba y le habló de la revista Las aventuras de Víctor Jade, del Trasatlántico Napoleón, de la compañía de los juegos profundos. Cuando terminó, dijo su abuelo:
-Zyl fue alguna vez una ciudad próspera. Aquí se fabricaban los mejores tableros de ajedrez y los rompecabezas más perfectos. De aquí salían las cajas azules del Cerebro mágico, los naipes Zenia, que brillaban en la oscuridad, y algunos juegos quizás olvidados como La caza del oso verde y La torre de Babel. Pero de a poco todos nos fueron olvidando y o quedó nada. Mientras nuestra ciudad se apagaba, la Compañía de los Juegos Profundos crecían.
-¿Y que tiene eso que ver con mi tatuaje?
-Es el símbolo de la Compañía. Pero antes de ser eso, era algo que nos pertenecía.
-¿Una pieza de uno de tus rompecabezas?
No, yo no podría haber hecho algo tan perfecto. Ya tendrás tiempo de saber a qué rompecabezas pertenece esa pieza. No quiero abrumarte en tu primer día en Zyl.
Terminada la cena. Su abuelo lo llevó al que sería su cuarto, en el piso de arriba, y lo dejo solo. La habitación había pertenecido al padre de Iván. En las repisas había libros de aventura, un velero de madera, algunos autos de metal y una lupa. En una foto de su padre aparecía junto con amigos en la entrada del laberinto de Zyl.
Iván pensó con tristeza en la distancia que había separado a su padre y a su abuelo durante cien años. A causa de alguna remota pelea, cuando se veían, una o dos veces por años, ninguno de los dos le dirigía la palabra al otro. Su padre había huido  de Zyl muy joven. Nunca le habían gustado los juegos.
Iván se acostó y se tapó con una manta. El sueño tardaba en llegar. Oía abajo los pasos inquietos de su abuelo que iba y venía de una punta a la otra del comedor.
http://www.spreaker.com/user/7295183/nicolas-drago-wav (audio-libro)

Capitulo: La habitación de los sueños

Iván corrió hasta el fondo del pasillo y llegó a ver al escarabajo que se perdía en un recodo. Más veloz que el libro, lo alcanzó antes de que cayera por la escalera. El mecanismo del libro parecía estar a punto de agotarse, las patas del escarabajo se movían con lentitud  y un rumor a engranaje oxidado se dejaba oír  a través de la portada. No dejaba de ser un milagro cansado. Cuando Iván estiró la mano para tomarlo, el libro, como si hubiera encontrado una solución a su problema en alguna de sus muchas páginas, rodó escaleras abajo y se perdió de vista.
El falso Iván estaba junto a él.
                -¿Me estas siguiendo? –preguntó Iván.
-Quiero ver cómo actúa el verdadero Iván Dragó. Me sirve para comparar hasta qué punto soy fiel al modelo. La verdad es que estoy un poco decepcionado.
                -¿Qué esperabas?
                -Cuando yo hago de Iván Dragó, pongo más fuerza, más expresión, recién,  en la escena del escarabajo, me hubiera tirado por las escaleras.
                -No es mala idea –dijo Iván, y le dio un leve empujón.
                El falso Iván, que era bastante torpe, estuvo a punto de caer rodando. Bajó los escalones a zancadas  y terminó sentado en el piso. Pero estaba menos preocupado por la caída que por el libro. Miró con alarma el camino que había tomado el escarabajo verde.
                -Lo que me temía – dijo- El libro acaba de entrar en la habitación de los sueños de Morodian.
                La escalera lo habían llevado a u hall de pareces blancas, donde había una única puerta, que estaba entreabierta. El falso Iván le hizo una señal de silencio y se asomó a la habitación
                -¿Ahí duerme Morodian?
                -Silencio… -El falso Iván trato de escuchar-. Todavía no empezó a hablar.
                Iván se asomó. La habitación era prodigiosamente grande. En el centro, en una cama gigante,  con una cabecera que mostraba figuras de bronce, dormía Morodian. Era un hombre alto, pero la cama era tan grande que parecía diminuto. Respiraba pesadamente, y movía los dedos de las manos continuamente. Iván reconoció los largos dedos blancos que había visto en el televisor.
                Los párpados eran casi transparentes; a través de ellos se podía ver el movimiento de sus grandes ojos vigilantes.
-¿Sabe que estoy aquí?
-Sabe que estas, pero no distingue que es real y que no. Te ha incorporado a sus sueños. Mientras estás aquí, conmigo, estás a la vez en el vientre de una ballena, o en el sótano de un castillo.
Junto a la cama había un hombre vestido de negro con un cuaderno en las rodillas y con un artefacto que era a la vez lapicera y linterna. Esperaba el momento de empezar a tomar nota.
El falso Iván susurro:
-Uno de los trabajos más difíciles de la Compañía de los juegos Profundos es el de anotar los sueños de Morodian. Hay un departamento especial que se ocupa del asunto, y están mejor pagos que los dibujantes. Los llamamos los escribas del sueño. Son tres: duermen de día, y de noche se van turnando para cumplir con esta tarea. Morodian nunca duerme si no hay alguien que tome nota de sus sueños.
-Pero no dice nada. Duerme profundamente.
-Hacia las dos de la mañana empieza a hablar. A veces forma frases con sentido, otras veces palabras sueltas, o habla en lenguas extrañas. El trabajo de escribas del sueño es muy complicado y exige una gran sensibilidad, porque no basta con tomar nota. Si los sueños en aparecer, o si se repiten sueños ya soñados, el escriban debe estimular a Morodian. Hace sonar una campana de cristal, o pasa la grabación del ruido de un tren, o aplasta una rosa frente su nariz.
El escriba miró a los recién llegados con reprobación.
                -Ya nos vamos –dijo el falso Iván. Y dirigiéndose a Dragó, explico-: Son muy celosos de su trabajo. No quiero que nadie esté presente. Cada uno tiene su propia técnica y sus secretos para hacer soñar a Morodian, y no quieren que los otros se lo copien. El que está ahora se llama Razum, y es muy malhumorado, aunque tiene fama de ser el más riguroso. Quinterión, el más joven, es un poco atropellado, y más de una vez estuvo a punto de despertar a Morodian. ¡Imagínate lo que eso significa, despertar al Profundo en mitad de un sueño! Tardó en aprender que los estímulos deben ser sutiles, y que las trompetas, los desplazamientos de la cama y las jaulas con fieras estaban fuera de lugar.
                Morodian se movió y dijo alguna palabra incomprensible. El falso Iván bajo la voz.
                -El mejor era Arsenio. Conocía el secreto para arrancar de Morodian exactamente lo que quería. Si Morodian deseaba hacer un juego que representara la vida subterránea, sabía cómo sugerir túneles y sótanos. Las pesadillas le obedecían. Tenía tanto poder sobre Morodian que finalmente cayó en desgracia.
                -Silencio –dijo el escriba Razun, de mal modo.
                Morodian había empezado a hablar. Iván no llegó a entender lo que decía. Hablaba con una voz gutural, profunda, como si alguien o algo hablaran desde su interior. Pero era evidente que Razun había entendido todo porque su lapicera luminosa ya volaba sobre el papel.
                -Antes de irnos tenemos que encontrar el libro –dijo el falso Iván. Y se repartieron la tarea de buscar por el cuarto.
                La voz de Morodian seguía sonando, lastimera. El sueño aún no era una pesadilla, pero encerraba un dolor profundo.
                Iván buscó debajo de la cama. Encontró unas viejas pantuflas, dos ejemplare de Las aventuras de Víctor Jade y unas hojas escritas a máquina que parecía el reglamento de un juego, pero el libro no estaba allí. Su cabeza choco con un obstáculo. Lo ilumino con su linterna de bolsillo. Era una caja negra, pesada, que se cerraba con un broche dorado. No había señales del escarabajo.
                -Lo tengo  –dijo Iván, desde un rincón del cuarto.
                Al ser descubierto, el libro hizo un rudo que sonó como un gemido de decepción, y que estuvo a punto de despertar a Morodian. El Profundo se sentó en la cama y registro con los ojos cerrados la habitación. Una gota de sudor cruzo la frente del escriba y cayó sobre la página.
                Morodian vestía un pijama de franela gris. De su pecho colgaba una serie de medallas ganadas en concursos de juegos durante su juventud. Las medallas le daban al pijama un aire militar. En el cuello llevaba una cadena, de la que colgaba una esfera de cristal. Iván vio con claridad que en el interior de la esfera estaba la pieza robada del rompecabezas de Zyl. Tuvo el impulso de arrancar el amuleto y escapar. Pero había tanto por en la Compañía de los Juegos Profundos…
                -Váyanse ya  –ordenó Razum, que apenas podía contenerse. La mano que sostenía la lapicera temblaba- . Miren cómo se ha trabado el sueño de Morodian.
                Razum abrió una valija de cuero negro que parecía el maletín y sacó de ella una pequeña caja. De ahí tomo un pañuelo de hojas secas que comenzó a frotar muy cerca de la cara de Morodian.
                Iván y el falso Iván se marcharon con el libro capturado, mientras Morodian articulaba frases de las que solo se entendían algunas palabras…pobre…jardinero…salida…los…caminos…Zyl…
http://www.spreaker.com/user/7295183/la-habitacion-de-los-suenos-wav (audio-libro)